Una forma de temer tan bonita

He comenzado a olvidarte – esa angustia que te entraba al salir de casa cuando ibas de cervezas con tus amigos al salir de clases, la he buscado donde creí haberla guardado y no la he encontrado. Habría jurado que nada la alcanzaría ahí en el cajón donde la archivé, junto con tu buen genio que hacía juego con tus aretes e invitaba a pedirte favores que nadie más podía hacer, que solamente tú podías hacer porque nunca estabas del todo ocupada, porque siempre te quedaba forma-de-temertiempo para preparar un sandwich, compartir una tarea, regalar una respuesta.

No había querido sentarme a pensar en esto: en lo que me contagiaste y he comenzado a perder. Siempre pensabas en el pasado por ambos, por todos. Nos invitabas a ver las películas que te gustaban porque te sentías bien si jugabas con ventaja, porque no querías correr el riesgo de escoger un bodrio que a nadie le gustara, porque así eras tú – lo negabas rotundamente, pero tenías una forma de temer tan bonita que tus equivocaciones jamás prosperaban, no lo suficiente como para llegar a pelearnos. Yo te veía de la misma forma que a las hojas en blanco de la libreta en la que escribía. Cuántas veces no fuiste la hoja en blanco sobre la que el tiempo aparecía manchas inexplicables, círculos sospechosos de humedad. Cuántas veces no te calentaste al sol de la tarde esperando ser bebida.

Mi recuerdo de ti es cada vez más vago, tanto que  a veces me despierto sobresaltado pensando que he gastado la última palabra que sabía en español para hablar de ti. Entonces, busco la libreta de nuevo e intento dibujarte como antes, pero es sólo mi mano derecha la que se mueve accidentadamente a escasos milímetros del papel. No llegas a ser línea sobre el papel. Quizás no he sido el amigo que alguna vez esperaste que fuera: he olvidado sistemáticamente cada peldaño de la escalera que subíamos a diario para encontrarnos y sobre la que alguna vez deseé egoístamente que jamás te dieras cuenta lo que planeaba. Sí, esta idea de estar olvidándote me persigue porque vas desapareciendo a bocados hambrientos, con una rapidez casi obscena y antinatural, habiendo tantas personas que desearía poder olvidar sin tener que proponérmelo. Pienso en ti y te desvaneces aún más, cada vez más borrosa, inalcanzable ya.

Será quizás que te vas de viaje a un sitio al que no puedo ir, a un sitio al que ninguno de nosotros puede ir y por esta razón te olvido. Será tal vez que en realidad no llegué a conocerte, o que tal vez he sido víctima de mi arrogancia y de las veces que creí ser a quien secretamente deseabas. Nunca debí creerme tal cosa para que hoy no estuvieras sucediéndome por pedazos, fracturada en forma de saltos fugaces, con tu ropa holgada e injusta y tus ojos que escuchaban con atención y hacían las veces de seguidores fervientes de todo aquel que buscara una esperanza.

No, definitivamente no encuentro la caja, ni ninguna de las fotografías que nos tomamos juntos. Se hace cada vez más y más complicado seguir corriendo desesperadamente tras las migajas de pan que conducían a tu plato humeante, y del humo a tu boca, y de la boca al papel en blanco sobre el que -estoy seguro- juré haberte dejado durmiendo para volver a ti como se vuelve neciamente a las ideas elocuentes.

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