Deliciosa confesión

Hay una reflexión que permanece indeleble en la pared mental sobre la que recreo lo que me sucede cada día. Esta costumbre -que se alimenta en parte de mi obsesión por los rostros-, de ver a las personas con las que comparto día a día repetirse en mi cabeza, volver sobre sus discursos y mirarme a los ojos de nuevo o esquivarlos negándome ese placer, se me ha convertido en un vicio, una cosa que hago a solas y me gusta mucho. Vuelven a estar frente a mí para decirme esta vez que sí, o para regalarme sonrisas excelsas, como admitiendo verdades en el espejo: destellos brevísimos de complicidad que entonces parecen verdaderos.

Generalmente estas maravillas me ocurren de noche – cuando se espera que duerma y equilibre la cuota de excesos que saldan mis días puesto que, ahora que ya soy grande, tomo café y he vuelto a fumar. No me había parado a pensar en estos malos hábitos: quizás por creerlos excusas perfectas para mi mal dormir o simplemente un trueque justo en el juego de querer pasarme de lista con el tiempo y robarle horas. Poco me importa, la verdad – pues mi único interés hasta el momento ha sido disfrutarlos de nuevo, beber y masticar -si tiene sentido decirlo- tan tormentosa belleza.

Pero volviendo a la reflexión o más bien al camino, con el paso de los días he ido percibiendo una especie de historia que se ha ido tejiendo entre estos personajes en mis juiciosos ejercicios, cuerpo a cuerpo, con la nostalgia. Hay un discurso común pintado en los labios de quienes juegan para mí este partido: en los labios mis padres, de mis amigos y mis colegas, también en los míos, hay una insistente necesidad por encontrar una dirección, por confirmar dónde hemos de encontrarnos más adelante o dónde nos hemos perdido por instantes en el pasado en discusiones bizantinas y acaloradas, o en el brusco, franco y pleno timbre de la risa. La pregunta les baila en los ojos, les eriza la piel; me miran y me preguntan –¿Cómo llegar ahí?; a lo que yo me pregunto también – ¿Adónde?

Porque ya no al pasado, no. Franca y descaradamente ya no me interesa encontrar una máquina del tiempo que me lleve de vuelta. Qué sentido tiene si no voy a saber operarla, y además hay puentes de sobra a ese país-pasado, que permanecen a pesar de las bombas con las que he intentado inútilmente derrumbarlos. Sé cómo llegar a ellos – subiendo una escalera al revés, de espaldas a la esperanza, a solas; conozco el ritual y el camino a ojo cerrado. Pero no es ahí donde quiero estar. Tampoco quiero viajar al futuro abordo de una grandiosa nave intergaláctica que desafíe las leyes de la física, ni acortar el camino desintegrándome en micro partículas para viajar velozmente a país-mañana. Ese camino es más jodido, y además tampoco tendría el dinero para pagar el derecho a montarme en esa nave – mucho menos el optimismo para hacer cálculos. No podré jamás vivir en ninguno de estos dos destinos permanentes sobre los que habla y se reinventa el mundo. Nadie podrá.

Entonces dónde coño estar – cómo llegar -o debería quizás decir- ¿cómo el ahora? He probado de tantas maneras. Este es mi nuevo oficio. Buscar el camino de regreso al ahora, a este preciso instante en el que estoy sentada sobre una silla incómoda, con los dedos helados por el frío artificial, pero aún así placentero, de mi oficina. No sé en qué medida ayude escribir esto porque cuando lo haya terminado y lo haya hecho público, ya tendrá un pie en el pasado y cada vez menos en el ahora.

Esta mierda es muy complicada – hogame_too_strongy es especialmente complicado, hoy que tengo el corazón volador y los cachetes calientes. Mejor vuelvo a mi pasatiempo secreto de escucharlos de nuevo, esta vez con más atención, a escoger entre todos, para verlos una vez más y decirme/decirles a la cara -entre cada pausa y cada play-
‘nojoda, lo que sería comerme tu cara.’
‘quédate más en este abrazo, mamá’
‘dame un poquito más de esa mermelada de piña’
‘te meto de todo, menos cosas en la cabeza’

Quiero dejar claro que sé que es posible que lean esto. Si fuera así, qué maravilla que estén aquí y ahí de nuevo, fantásticos y llenos de verdad; con los ojos bien abiertos y pensando ‘what the fuck’. Qué puedo hacer si me ponen el corazón de pasa a ratos, y otras veces quisiera sólo tenerlo de ‘quita y pon’. Cobran vida de nuevo esas bocas generosas y deliciosas que he besado; esos ojos que juraría ventanas y precipicios a calas secretas donde crecieron y reptaron vertiginosas, fragantes flores.  Ustedes, que me gustan, que siempre me han gustado y para quienes no he tenido suficientes cojones, pero que aún así me han gustado exageradamente y hoy me importa un carajo admitirlo – así sea en la cobardía de un blog malo.

Con estos últimos,  el ejercicio es más libre puesto que hay tanto que deseo no saber nunca de ustedes, precisamente para que puedan
seguir trepándose a mi cabeza,
abriéndose de par en par como libros y piernas,
ofreciéndome universos paralelos
donde el sol siempre es naranja
y la piel nunca sabrá mejor que salada.

Son casi las 11:00 am y debo ocuparme más bien de seguir buscando el camino que me traiga aquí, ahora.
A mi oficina. A poder si quiera desligarme
un
poco
de esta fantasía privada, para simplemente estar a solas con menos sed.

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