Me voy tripeando

“Me voy tripeando”, esas fueron las palabras que recuerdo haber pronunciado durante el breve instante en el que mi mente le reclamó a mi cuerpo la pequeña incidencia que acababa de poner sobre mi lengua hacía unas horas: un cuadritScreen Shot 2014-10-20 at 9.52.25 AMo de cartón de colores que sería dividido en cuatro partes iguales porque ‘sharing is caring’ y ‘donde come uno, comen cuatro’. El mío tenía una franja azul y una amarilla por un lado, y por el otro, una bicicleta para una chica que nunca aprendió a montar.

Me pareció jodidamente chistoso emprender ese viaje en un vehículo de dos ruedas que aún hoy me es totalmente desconocido, pero que no obstante, me trae recuerdos fieles de cómo era ser niña y crecer en un barrio del norte de Cali.

Como le habrá podido pasar a algunos, yo crecí en una cuadra en la que todos tenían abuelos bacanos, menos yo. Y puedo decir, orgullosa, que adoro a mis abuelos a pesar de haberme hecho las cosas más difíciles. Digo más difíciles sin ningún tipo de rencor porque yo sí podía salir a jugar – es sólo que me tocaba sentarme en el garaje de la casa, custodiado por enormes rejas negras, e imaginar que esas rejas eran realmente un obstáculo marica entre la calle y yo.

Es increíble lo recursivo que puede ser un niño con ganas de jugar. Yo no me quedaba atrás – creo que siempre me ha gustado encontrarle una salida astuta a las imposiciones que los adultos argumentan con simples ‘porque sí’. Por esa razón, mi recursividad iba hasta las últimas consecuencias – tanto que en ocasiones llegáse al dolor físico intentando tener la mayor cantidad de cuerpo y cara afuera a pesar de encontrarme sentada en el garaje.

Recuerdo que metía los brazos por los espacios que encontraba en esa complicada reja que imitaba una planta trepadora. Sí, desafortunadamente aquella no era una reja simple y vertical, sino que tenía un diseño muy bonito. Y despiadado porque no había nada de bonito en las marcas que dejaba  en mis manos, brazos e incluso hombros durante mis intentos por parecerme a un hámster de cuerpo dúctil y flexible.

Screen Shot 2014-10-20 at 9.52.35 AMLo interesante de todo esto es cómo el dibujo de una bicicleta sobre un pedazo de LSD terminó llevándome de manera tan insospechada a ese lejano ritual de infancia. “Primera parada. Abre la boca y di ‘aaah'”, a lo que yo obedecí, como obedecían mis ex-compañeros de juego de la cuadra a los que, más vale, yo seguramente les parecía una niña bacana para lograr tener su atención a pesar de ir ellos montados en sus flamantes y veloces bicicletas, pedaleando con destreza y sorteando los retos de esa micro-sociedad fenomenal que teníamos establecida. Nunca sabré cuántos kilómetros pedalearon mientras yo los seguía con la mirada y recolectaba semillas y pedazos de la pintura que se desconchaba de las paredes. Mis ojos los seguían con atención mientras pensaba en mil formas de seducirlos sin que pareciera súplica. Hoy vuelvo a saborear la victoria de conseguir que aquellos niños vinieran a sentarse del otro lado de la reja sólo para
j   u   g   a   r       c    o    n   m   i    g    o.

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