Las hormigas aplastadas huelen a fruta cítrica

Todos los días salgo cerca de las 6 p.m. del trabajo. Cierro la puerta de mi oficina con seguro. Doy unos pasos buscando la puerta que separa el espacio acondicionado, uniforme y terriblemente frío de mi mundo-oficina. Mientras, mi mano derecha busca torpemente las llaves del carro que hace un segundo estaba segura de haber puesto en el bolsillo de más fácil acceso en mi bolso. Llego a la puerta que al abrir me lanza de nuevo a los brazos de la humedad del exterior. Ahora camino a la portería número siete de la universidad. Me viene el recuerdo desconcertante del cementerio vecino. Pienso en la muerte en medio de mi acostumbrado ritual post 6 pm, que no es otro que buscar el carro que dejo parqueado a escasos metros y sortear otros tantos carros en una carrera por llegar pronto a casa. Pienso en la muerte mientras voy caminando a buscar el carro.  Lo cierto es que no había pensado en la muerte tanto, ni de la forma en la que pienso en ella ahora.

Entre mis recuerdos de infancia, entre esas fotografías mentales de algunas de mis ideas favoritas de cuando era niña -imágenes que llegan a veces como postales venidas del país Recuerdo- están mis primeros acercamientos filosóficos a la muerte. Cuando animada por un puro y transparente sentimiento de empatía, a mis 5 o 6 años quizá, decidí ayudar a una hormiga que atravesaba de oriente a occidente la cuenca brillante y blanca del lavamanos. Y cómo ese sentimiento se vio sorpresivamente interrumpido por el terror pues penas podía creer lo que acababa de ocurrir. Mi mente de niña, la que era una pradera verde y fértil por la que corría una quebrada, intentaba entender lo que mi dedo índice reportaba, en perfecta sintonía con los sentidos de la vista, el tacto y el olfato, que aquella hormiga en problemas acababa de ser muy seguramente irremediablemente aplastada.

Recuerdo la minúscula presencia de la hormiga malherida bajo mi dedo; la casi imperceptible humedad que el cuerpo de ese pequeñísimo insecto dejaba sobre mi huella. Recuerdo que la luz del baño estaba apagada porque yo entraba y no alcanzaba aún a prenderla yo misma, pero me gustaba entrar al baño antes de caer la tarde porque había una luz gris que cambiaba el color de las baldosas verde menta de la ducha. Las cosas que me hacían feliz de niña eran realmente mucho más fascinantes que las que me hacen feliz hoy en día. Recuerdo llevarme la mano a la cara respondiendo a algo casi instintivo que venía como de otro sitio. Algo que se manifestó como un deseo por olerme el dedo y constatar que la muerte de esa hormiga a la que yo había querido ayudar era un hecho. Recuerdo mi sorpresa al descubrir que las hormigas aplastadas huelen a fruta cítrica o a árbol en primavera, como aprendería más tarde, durante mi estadía al sur de Francia.

El terror de encontrarme frente a la muerte de un ser inocente al que quería ayudar pronto se convirtió en una duda espantosa, ¿cabría acaso la posibilidad de que esa muerte la hubiera causado yo intencionalmente o se trataría de un simple error de cálculo o torpeza en mis movimientos?

Por primera vez estaba en mí la duda sobre mi propia inocencia. Ese día ocurrió algo trascendental en mi vida. Algo que, claramente a esa edad, no habría estado en capacidad de entender como ahora. Ese es el primer recuerdo que tengo de haber dudado de la pureza de mis sentimientos. No había pensado antes en algo así, de ahí el terror que sentí. Fue la primera vez que percibí la voz de lo que llamamos conciencia, hablarme de frente.

Unas horas después recuerdo haberme sentido tranquila. Aliviada, porque esa misma voz me alentaba y arrullaba prometiéndome que lo de la hormiga había sido un accidente. El ego es el mejor amigo de la culpa: te conoce perfectamente, te habla en el tono de voz que funciona contigo y por eso usa las palabras que tú usarías. Te dice al oído todas las razones por las que no es cierto que seas culpable.

Te ofrece un baño de infancia a oscuras. Todas las veces que quieras.

Porque esto es lo que está ocurriendo – que te das cuenta que has vivido a oscuras y te has acostumbrado como una persona ciega a la comodidad que en últimas ofrece esa oscuridad. Y de forma absolutamente inesperada llega a tu vida con turbulencia un aprendizaje de valor inestimable, a tus manos y a tu minada y ajetreada mente, llegan las enseñanzas para abrir grietas por las que comienza a colarse la luz. Una luz que parece demasiado intensa, llegando a ser dolorosa; la comprensión de algo increíblemente sencillo y a la vez aterrador porque ir más allá de su comprensión implica desaferrarse absolutamente de toda creencia y estructura mental. Es como un ciego que recupera la vista tras una intervención y abrumado observa como la belleza está en todas partes y el resplandor del sol sobre todas las cosas. La visión, la comprensión de todas las cosas que ahora le son nuevas, y tienen una forma y un color y una forma de moverse o estar. Pero el gozo vibrante de la luz en principio lo obliga a cerrar los ojos. Y hacerlo se siente bien porque es volver al estado anterior, al estado de siempre – a la cómoda oscuridad.

tumblr_nhsfqtN7G31tyfqs1o1_500 Entonces parece que es muy alto el precio que hay que pagar por la claridad. Ese precio no es otro que el abandono de todas las formas que tenemos de hacer las cosas, de ver el mundo y entenderlo. Es deshacerse de la noción de uno mismo como individuo inserto en un entorno, y el paso a la noción de Rigpa o “el conocimiento del propio conocimiento; la conciencia primordial, pura y prístina que es al mismo tiempo inteligente, cognoscitiva, radiante y siempre despierta”.

De frente a esa quebrada en la pradera, veo cómo me he convertido en un río con visible caudal. El continuum del pensamiento, esa línea azul que trazamos desde el segundo cero con el primer latido de nuestro corazón y que nos acompaña día a día, poblándonos de ideas, trayendo desde tierras lejanas embarcaciones extrañas cargadas de emociones. Un amplio espectro de sabores y sensaciones, el continuum, el natural fluir de la naturaleza de la mente. Está ahí, y los tibetanos hablan de ese continuum o mente ordinaria como sem.

En el Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte hay una definición muy clara de esa mente como “aquello que está dotado de una conciencia discriminadora, aquello que posee un sentido de la dualidad, es decir, que aferra o rechaza algo externo, eso es la mente.”

En mis palabras es la quebrada que no sabemos contemplar. El río que nos da temor escuchar. Ese flujo en movimiento constante en el que navegamos, en el que simplemente estamos todo el día metidos y sólo en instantes sublimes logramos observar desapasionadamente.

Camino con gafas de sol los días que el cielo está demasiado resplandeciente. Todavía me deslumbra la luz del sol bañándolo todo desde el cenit de la bóveda celeste. A veces es demasiada intensa su claridad para mi tonta mente.

Así pienso en la muerte al salir del trabajo e ir en busca de mi carro. Ya no con el morbo que suele caracterizar un tema tan trascendental como ese, ni con la indiferencia irreverente de cuando era adolescente. Pienso en la muerte con el interés de prepararme para ella, si acaso pudiera suceder que para cuando sea que ella venga a buscarme yo me encontrara ya libre y las gafas no me hicieran falta.

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