Te roban el smartphone y dejas de ser tan stupid.

Este fin de semana que acaba de pasar ha sido completamente distinto a todos los demás. He vuelto a encontrarme de frente con la experiencia de vivir una primera vez, o bueno, dos: el domingo en la madrugada fui víctima de un robo y ese mismo día recogí en la noche un gatito muerto que acababa de ser atropellado por un carro frente a mis ojos. Nunca había estado en situaciones así.

Del robo puedo decir que salí bien librada. Mi ingenuidad post-concierto Bomba Estéreo, acompañada si acaso de un par de cervezas, sirvió para que el miedo no interviniera en mi decisión de regresar a casa sola, tomando un taxi a pocas cuadras del evento y sin tomar la precaución de anotar la placa o memorizarla. Así iba yo en el taxi, ensimismada mirando por la ventana y pensando en qué hacen los artistas después de los conciertos. Si es que se van al hotel a echarse en la cama y a revisar sus redes sociales, o si los espera una fiesta organizada por lambones que sólo quieren una foto con ellos para luego publicar en Instagram. O si tal vez se van a dormir como si fuera un día entre semana, agotados pero satisfechos con el playback mental de los nuevos movimientos que encontraron en el escenario, o la increíble idea que los visitó mientras le cantaban a esas cientos de cabecitas entusiasmadas. No lo sé, pero en esas cosas iba pensando cuando en una esquina, en un semáforo, se subieron al carro dos hombres y toda esa elegancia tropical que servía de telón de fondo para mis fantasías pasajeras se convirtió en no más que la sensación de tener las entrañas apelmazadas.

Pudieron ser pocos o muchos minutos los que me estuvieron dando vueltas esos tres manes, los dos rateros y el taxista compinche, por la Barranquilla de las sombras que se apellidan a.m.. Pero el miedo que sentí pronto se convirtió en sensatez y sin oponer resistencia alguna les entregué el fanny pack de las teachers superpoderosas que siempre llevo a la Troja o a los sitios en los que voy a estar de pie para no hacer más nada que bailar y bailar.

El celular, ese iPhone 6 que apenas en Semana Santa acababa de comprar y sesenta mil barritas, fue todo el motín que se pudieron llevar. “¿Qué es esa vaina verde que tienes ahí pa ver?”, me preguntó el que iba sentado a mi lado, quizás creyendo que era una piedra de valor o algo así. “Un buda de plástico”, le respondí mientras me escuchaba responder también. No quería ser imprudente, no más de lo que ya había sido al treparme sin más en un taxi de calle.

Así transcurrían los minutos y yo me consumía lentamente en la angustia de no saber en qué momento las cosas se iban a poner malucas y me iba a tocar abrir la puerta del carro y lanzarme a la calle a ver con qué suerte me reventaba contra el asfalto en un intento por escapar de quién sabe lo que hubiera podido pasar.

La cosa es que después de dejarme tirada en la calle y entender que seguía siendo la misma persona sólo que sin celular y con sesenta mil pesos menos, caminé hasta encontrar ayuda. Lo que vino después fue la consabida llamada para bloquear la línea, el intento por aprovecharme de la tecnología y comprobar si podía localizar el aparato con iCloud, una noche mala de sueño poco reparador, un domingo de explicaciones, regaños y muchos “gracias a Dios no te pasó nada grave” y “menos mal que no te tocaron”, que por supuesto yo también pronuncié mientras imaginaba cómo se sentirían esos mismos segundos de terror en la piel de todas las mujeres que no han contado con la suerte con la que conté yo.  Es como si hubiera olvidado en qué país vivo, en qué mundo vivo, y cómo las desgracias están literalmente a la vuelta de una esquina.

Una buena parte del domingo lo pasé con mis amigos inventando qué hacer una tarde pavosa como esa: acompañándolos a comer cevichito, a ver a la gente hacer cosas extrañas en los parques de nombres aún más extraños -Santo Cachón, por ejemplo-. Pensé y reflexioné sobre todo tipo de cosas: desde mis amigos de toda la vida a quienes veo poco, hasta las canchas panamericanas allá en Cali donde venden cholao, el papá de los raspaos, y viene acompañado de mocos de elefante o granadilla, banano y leche condensada en cantidades eróticas.

Cada cierto tiempo me daba cuenta que de forma involuntaria mis manos buscaban el fantasma de ese sofisticadísimo celular que, después de mi cabeza, se había convertido en la única cosa que me acompañaba a todas partes. Qué extraño es admitirlo y sentir algo de vergüenza al hacerlo: mi bello cerebro reclamaba ese mundo escondido detrás del Gorilla Glass.

Por la noche, ya en mi casa, estuve organizando el cajón de mi mesa de noche: otro mundito completamente diferente al que me ofrecía mi stupidphone. En poco más de media hora me reconocí a mí misma en todas las cosas que encontré en el cajón. Reconocí la poca importancia que le doy al orden a pesar de estar constantemente buscándolo y nunca conseguir tenerlo todo en su sitio. Reconocí que me gusta comprar cosas por el gusto de comprarlas y nunca utilizarlas, y que tenía en ese cajón por lo menos unas quince llaves para las que las quince puertas o cajones son todavía un misterio.

Luego me lavé la cara y me miré al espejo. Tuve tiempo de mirarme con atención y darme cuenta del cansancio y el abuso de un fin de semana de trasnocho y excesos. Vi mis ojos cansados, el Buda verde colgando de la fina cuerda roja que se enrolla en mi cuello los días que la estrella pequeñita y plateada que me regaló mi mamá se queda sobre el tocador.

Y me levanté todavía incompleta, esperando que sonara el despertador a las 6:15 am y luego a las 6:30 am. Tuve la intención de salir a trotar pero no lo hice. Pensé que me haría falta la música y saber cuántos kilómetros y cuántos minutos consigo dominar el ring en mi batalla contra la pereza y esa temida vocecita maricona que habla cuando le da la gana y manda al garete mis buenos propósitos.

Y esta tarde, a eso de la una pm casi, me di cuenta que no había almorzado y que hace rato habían pasado las doce en punto. Para ese entonces, ya había adelantado buena parte de lo que me tocaba hacer en el trabajo y no tenía tanta hambre como debía tener.

“¿Qué te quitaron?”, me preguntó una amigo esta mañana cuando le conté sobre el desafortunado cierre de una noche particular. “El celular y sesenta mil pesos“, le respondí. Pero es ahora que vengo a darme cuenta de lo que realmente me quitaron el domingo de madrugada en un encuentro cara a cara con la realidad. Y sólo puedo decir: Qué bonita y justa es. Qué bonita y justa es la realidad.

escape

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