Eh, tú: líbrate de la decrepitud y mantén tu cutis terso

Nací en 1987 en algún piso del gran bloque de cemento y ladrillos que es el edificio del Seguro Social en Cali. Crecí y me hice a la sombra y recorriendo una parte del camino que mi madre compuso para ella: un salto al vacío que, armada de intuición y coraje, recorrió también pensando en mí. Ella, mi primer agente de cambio, cuyas decisiones recayeron sobre mí y acompañadas de las mejores intenciones me dieron forma. Mi madre también es un espejo al que acudo con frecuencia para ver quién soy.

Nuestra vida de antes, la de hace más o menos unos 20 años, estaba llena de mañanas en piscinas, visitas a mis abuelos, almuerzos entre mujeres, música alucinante y al menos 5 o 7 cintas de VHS de cine independiente que yo devoraba cada fin de semana, muchas veces curiosa y agitada – y tantas otras, en forma de cortos inconexos a los que había que darles una explicación ya que solía quedarme dormida entre la maraña de sábanas y almohadas que hacían las veces de campamento cinematográfico personal.

En el abrir y cerrar de ojos de la larga sucesión de abrires y cerrares que podían darse en esas tardes, yo construía el mundo de los adultos en medio de mi asombro y de los más íntimos impulsos: las imágenes y las conversaciones alimentaban esa, también enorme construcción, que se iba erigiendo en mí y que hoy me regala sus esquivos y exquisitos servicios: el lenguaje. Lo único que nadie me podrá quitar, lo único capaz de llenarme y vaciarme tanto.

Poder comunicar estas emociones, hacer nostalgia de ellas a la luz de este mundo atacado y epiléptico en que vivo, tener un lenguaje…es uno de los innumerables regalos con que mi madre me adornó – ella, en su eterna búsqueda por la estética de las cosas, siempre generosa y rica en su expresión, trayendo belleza a pesar de las adversidades, a todos cuanto pudo, también a esos rincones de cosas inconclusas, de verdades que nadie quiso admitir. También a sí misma, escogiendo con gusto qué pepitas brillantes y coloridas colgarían de sus orejas, con qué vestido le contaría al mundo cómo se siente ser mujer, con qué libros encontraría puentes magníficos hacia sí misma. Yo, con apenas escasos años para darme cuenta, aprendí una parte de ser mujer viéndola a ella tratarse con amor y con higiene, grabando casetes con canciones-himnos personales, leyendo y renovando los días que estaba acongojada o cuando la fuerza de vivir era tan intensa que lo único que podía hacer era intentar conservarla en gestos como esos o simplemente bailando.

Lo que no sabía yo era cuánto iba a costar levantarse un día y descubrir, una a una, nuevas emociones para las que poco o nada he aprendido. Nuevamente, vuelvo a mi mamá para verme al espejo pero no sé cómo nombrarlas. Aún así intento describirlas aquí, desmembrar una a una para abrirle huecos al cielo nuevamente y que por ellos pueda colarse el sol, la luz – como esa misma calidez que yo perseguía en los amaneceres en el campo, cuando abandonaba la sombra que daban las copas de los árboles para que el sol me diera de frente en la cara.

Pocas cosas semejan la sensación de bienestar como esos días. Todavía mi corazón salta cuando ella me abraza y quisiera volver a ser pequeña para escaparnos las dos, un momentico nada más, al que ha sido nuestro idilio personal. Pero a los veintiocho años, me duelen tantas cosas y he olvidado ser como esa niña a la que desde hace buen tiempo no logro recuperar. Y no soy sólo yo, también es el mundo y también son sus fuerzas. También es la abundancia de lo que no necesitamos y la escasez de lo oculto y lo mágico.

Es así como me doy cuenta que muchos, como yo, jóvenes también – deseosos de volver a los dulces lugares donde vieron su origen o a la reflexión profunda que les dio alas en algún momento, nos dolemos por dentro en una inquietante ceremonia contemporánea de cuerpos mutilados de opinión, de expresión y de vitalidad. De repente, esta idea nos ataca sin previo aviso en el lobby de una reformada casa del barrio El Prado donde se sirven todo tipo de sustancias para olvidar y para adormecer conciencias bajo el control absoluto de la música electrónica y de una sexualidad que se sirve fría y calculada, entre tantas otras cosas.

Bailo conmigo unos instantes y decido espantar esos pensamientos de Cali y la vida en esta era del desencanto. Decido abandonarme al gozo colectivo de uno de los festivos más extraños de Colombia, una suerte de Diwali criollo donde, caída la noche -todavía sanos y joviales-encendemos deseos a la luz de las velas que de no ser por los farolitos tendrían una vida igual de corta que nuestros sueños.

Observo lo que parece ser que somos: una generación de inapetentes. Vivimos para darnos ese banquete final, cosechando con fallida astucia el Hambre que nos habrá de traer placer y saciedad. Andamos por el mundo cosechando Hambre – es eso, cosechando para nosotros la ilusión de un deseo genuino, de la redentora ‘pasión’ que nos librará de la decrepitud y mantendrá nuestro cutis terso y nuestro corazón fuerte, esa que queremos obligadamente entender no más allá de los treinta años y para la que supuestamente estamos equipados por naturaleza. Una que, de no encontrar a tiempo, sí que sería triste y estaría mal, nos dicen.

“Independencia económica”, “no tener un jefe”, “manejar mi tiempo”, “dedicarme a lo mío, a lo que me gusta” – y los demás argumentos a los que muchos, muchos adormecidos asalariados batallantes como yo rezamos y prendemos velas fervientemente. Tanto que se nos termina convirtiendo en un milagro que sólo la suerte puede traer, otra práctica religiosa, esquiva y cruel porque se hace inalcanzable, como una puerta giratoria para la cual hay que dar pasos calculados y otro montón de cosas más si cruzarla se quiere.

Mientras vivimos así los días logramos, compitiendo salvajemente unos contra otros y produciéndolo todo como commodity, -emoción, arte, reflexión-, convertirnos en bonitas ollas a presión, pitando estruendosos aquí y allá, bullendo por dentro como bombas atómicas, estallando cualquier día de manera catastrófica sin saber ya si la cura es el mal o viceversa.

¿Soy o estoy inapetente? ¿Voy a estallar? De verdad que no lo sé, pero tengo veintiocho años y no tengo una pasión. No parezco poder encontrar una en medio de tanta oferta de pasiones a mitad de precio y a doce o veinticuatro cuotas.  No sé cómo escogerla porque el tiempo me ha vuelto escéptica y observadora. Abro con atención los ojos y recibo, día a día como todos, cantidades alarmantes de información y estímulos. Tengo acceso a la vida de muchas personas pero pareciera que en esa misma medida fuera perdiendo acceso a la mía. Cuantas más opiniones leo, menos ganas me quedan de tener una. No sé cómo explicarme esta ausencia de hambre. Sobrepasa mis fuerzas. Tal vez sea este estilo de vida consensuado y banal al que nos hemos dedicado en las redes sociales, que desearía que no existiera, pues siento que en su nombre es muy acertado. Puede que no sea eso, sino mi terquedad y mi falta de disciplina espiritual. No sé, pero sí puedo decir que sí que es una red, sí que atrapa bajo la supuesta etiqueta de ‘social’, ‘para todos’, sí que propaga la falsa ilusión de que no importa quién seas o a qué te dediques, siempre podrás acudir a los brazos macabros y el arrullo de una audiencia que no hace más que consumir y te consumirá.

Sí que me preocupa lo que de aquí en adelante hagamos – pues siento que no estamos listos para tanto porque no hemos entendido que no era esto lo que podríamos haber escogido como fruto de nuestro desarrollo. Estas formas de tecnología y de cercanía, no. No era esta realidad dual en la que, en carne y hueso, somos seres vulnerables y en las pantallas, no más que reflejos de esa condición. Hemos canjeado arte por internet, reflexión por panfleto, espiritualidad por doctrina, ciencia por instrumento.

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One thought on “Eh, tú: líbrate de la decrepitud y mantén tu cutis terso

  1. Querida, pero ve que ahí está: ¿Qué era aquello que más anhelabas de niña? Creciste y como todos, te encontraste con lo que es la “adultez”, ¡UNA PATADA EN LA BOCA! cuando no caerse desde un vigésimo octavo piso y toparte con que la realidad es eso: el cemento que te destrozó la cara, los huesos, el cráneo y te reventó por dentro.
    ¿Recuerdas que de niña solo anhelabas crecer para, no sé, hacer lo que se te diera la gana? No te conozco pero nos pasa a todos. Y todos terminamos, invariablemente, traicionando al niño por satisfacer al miedo, que no inapetencia, que nos consume a diario.
    Las redes son solo un reflejo, como lo es también el lenguaje. Todo un acto especulativo (de espejos, quiero decir) para ver cómo nos vemos tanto ante nosotros como ante ese otro sin el riesgo de asumir realmente nada. Sin embargo, ¿qué? Es solo una faceta que estas nuevas tecnologías están mostrándonos de nosotros mismos: que somos dependientes, más que de las redes, de una constante aprobación. Un like, un megusta, un corazón, roto o entero, una estrella, un favorito. Nada demasiado disonante puede caber, porque ahí están el block o el mute o el spam, o un candado o, en todo caso, la selección del público que va a aplaudirte, a aprobar tu belleza, tu peso, tu valía en el mundo, en fin, todo aquello que especulas.
    Vuelve a las piscinas y a las videocaseteras. Abraza a tu madre, si es que aún la tienes. Perdónate, si es que sientes culpa. Llora como cuando tenías tres años.
    ¿Qué es la independencia económica, en todo caso? ¿Dejar de depender de tus padres para deberles a los bancos, a tus jefes, a tus acreedores? ¿Qué vida es esa? Endeudarte o trabajar de sol a sol para llenarte por dentro con cosas que no necesitas realmente, supongo. ¿Alguna vez imaginaste que crecer era eso? ¿Que la medida de todas las cosas es demostrar que pudiste hacer algo que jamás quisiste hacer? ¿O acaso crees ese cuento del éxito y de triunfar en la vida, que consiste en tener un trabajo, una carrera, etcétera?
    Re-gre-sa. Vuelve a ti, al origen. Eso deberías hacer en adelante, volver al pasado y encontrarte.

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