The Bell Jar

Comencé a leer The Bell Jar de Sylvia Plath en diciembre. Lo compré un sábado que estuve en una librería especializada en textos para el aprendizaje del inglés. Tengo la buena costumbre de llevarme aquellos libros que me gustan aunque no siempre tenga claro cuándo los voy a leer. El hábito lo desarrollé muy pequeña, cuando antes de dormirme, ya en la cama y después de haber recibido los besos de mi mamá y las sesiones de cosquillas dominadas por ella, un pterodáctilo, tenía que aguantarme la risa y quedarme quieta para evitar que el bicho fallecería porque era muy frágil. Esos minutos de juego siempre precedían la parte más mágica…

Así tan consciente como era de haber empezado a desarrollar una capacidad para quedarme quieta ante los ataques de mamá-pterodáctilo, recibía los libros que ella me entregaba, con mucho deseo. Aprendí sobre el universo y los planetas del tomo 7 de la Enciclopedia Salvat, para luego quedar fascinada con el tomo 5 -si mal no recuerdo-, en el cual hablaban del cuerpo humano y sus múltiples formas.

Disfrutaba leer todas las noches hasta que me venciera el sueño. La luz de mi habitación era cálida y podía ver los reflejos de las cosas en las paredes, y cómo bailaban las luces de los carros y caminaban a velocidades peculiares sobre el techo en la oscuridad, cuando ya había apagado la luz.

Fue un hábito fantástico y esperanzador. Mi encuentro con el conocimiento y el hermoso deseo de dedicarme a aprender.  Así, los libros eran para mí otros escenarios desde los que podía vivir la vida más.

Hace ya casi dos meses me robaron el libro de Sylvia Plath que no alcancé a terminar. Lamenté enormemente perderlo porque sabía que sería despreciado por los ladrones y terminaría por ahí tirado en cualquier monte seco y vulgar de las afueras de Barranquilla. Me he preguntado cada día qué sucedería en la vida de la protagonista, pues semejaba de forma impresionante lo que sentía. La mujer en busca de identidad. El deseo de ser genuino ante el mundo y ante uno mismo. La dificultad que hay en esto -implica abandonar gran parte de lo sabido y simplemente aceptar el carácter impermanente de todo: de las cosas, de la gente. Somos fenómenos únicos.

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He recibido recientemente un libro precioso. Una edición americana de los cuentos completos de Hans Christian Andersen, de tapas azules cielo y flores fucsias, y verdes intensos y un rosa pálido que lo equilibra todo. Una joya preciosa con todos los bordes de sus páginas color oro. Un regalo de una estudiante excepcionalmente dedicada y observadora.

Estoy agradecida de vivir intensamente. No concebiría la vida apagada o carente de reflexión. Voy detrás de mí, camino a mi lado, me siento a esperar. Sufro, amo, siento y anhelo como cualquier otro ser humano. Estoy buscando esa chica periodista que en Nueva York se encuentra con su deseo de vivir genuinamente en los años sesentas.

Esther Greenwood.

Los libros son únicos y fantásticos fenómenos. Son una fotografía al infinito. Y a veces también, una razón para quedarse.

 

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