sobre una berbetrónika

anoche me vestí de verde con flores y una falda negra, con zapatos tenis oscuros y labios color sangre-seca. anoche me pregunté qué pasa con los chicos que no ven que soy un lienzo, mitad negro, mitad verde con flores, mitad blanco con sangre, mitad ciudad-río, mitad mar-ciudad. qué pasa con las berbetrónikas y las fiestas de la música, y las ruedas de cumbia, y tantos hombres repetidos y mujeres del futuro que sudan en los bordillos y escalerillas, o de pie recostándose sobre los muros, o frente a la Alianza Francesa, o en la casa Michelangelo, o en el Barrio Abajo. anoche, como los gatos, disfruté una fiesta sin baile para mí, -lo juro por la sangre de Buda- una fiesta con un Big Boy efusivamente triste y retirado, una fiesta caliente porque lo improvisado siempre hace sudar y barranquilla es reina en sudores de improvisación, igual que improvisan los arroyos caminos cada que al cielo le da por soltarse completico sobre nosotros y no precisamente para enjuagarnos los pecados.

entre la sala lechosa por la neblina artificial con el casi imperceptible olor a jarabe infantil que propagan los aparatos hechos para ese fin y la terraza con sillas bajas y abanicos industriales que no obedecían su propia ley y soplaban erráticamente, sobre las piernas sobre las que se sientan las chicas a fumar, a ver a otras chicas desde sus propias orillas angostas y espinadas, entre los chicos con pantalones anchos y gorras, sus orejas perforadas, entre los brazos tatuados, las piernas- otra vez las piernas porque había música, los atuendos del futuro, juventú con ganas de verse como obras de arte, vuelven las chicas otra vez, con collares que parecen pecheras sin saber qué ritual completan, y hablan con los chicos guapos de ojos tristes con barbas desordenadas… sí, en fin, entre tantos pelados encontré anoche a tres que orbitaron como cuerpos celestes el mismo espacio inadvertidamente: uno, un fotógrafo que me vio bailar sola y me sacó una foto que estoy segura quedó mal porque yo nunca soy la chica que quiero ser cuando otro me fotografía; otro, que estoy casi segura debe ser músico porque creo que en otra fiesta, en otro sitio y otro tiempo alguien nos invitó a estrechar la mano en un saludo que los dos seguro olvidamos, o que sólo yo recuerdo, no sé; y otro, el último, que sólo hizo de novio toda la noche, abrazando a la chica de trenzas y desesperada iniciativa, mientras me miraba con ojitos de melcocha; los tres, idénticos en apariencia física y atuendo, estuvieron en un espacio de no más de 300 m2 sin darse cuenta el uno del otro, por cerca de 3 o 4 horas de música para fiesta, sin chocarse accidentalmente y sin saber que todos se pasaron por el lado cada que sus pupilas encajaban con las mías por apenas unos segundos.

creo- y lo corroboró un amigo esta tarde que charlamos- que la razón para que en las fiestas me vuelva invisible es que pronuncio todas las ‘eses’ y las ‘eres’ y eso me convierte en un insecto de montaña, o cachaca, a lo que yo añadí buenas razones como la piel pálida, porque a quién voy a engañar con eso de que soy de aquí, si yo no soy de aquí, ni tampoco de cali, ni de ninguna de las ciudades que he habitado; tal vez sea más de internet que de cualquier lado -y eso también lo dijo mi amigo y no me parece tan descabellado-, pero lo que apenas ahora entiendo es que yo tampoco quería que me vieran sin importar lo bonita y pálida que estuviera, porque anoche yo era un gato colado en una fiesta de música en el marco de una fiesta de música más grande, que como una matrioska, ocupaba todo el perímetro urbano con la fiesta de la fiesta que siempre puede convertirse en otra fiesta.

será porque es en noches así que todos los gatos y todas las gatas de este pueblo arrecho salen buscando chicas como yo, y chicos de ojos tristes y caminar arrastrado, y peladas que lo den fácil; pelados que rieguen florecitas con babas al oído que nos entristecen más: ‘eres un bollo pero no tengo que decírtelo porque seguro ya te lo han dicho’. ‘basta con acercarme a tu orilla espinosa, oh nena’ y bailar como si te conociera de toda la vida y ‘a mis caderas le gustarán las tuyas una-cosa-loca-y-arrebatada’, que visto, todo esto desde mis ojos de gato, no era sensual sino artificial, como figurines -o maniquíes que los llaman-, eso sí bien guapos porque nunca se es tan lindo como cuando se es joven; pero ser un maniquí es ser de esos a los que alguien les borró un ojo, o les falta un brazo, o se les cayó el pelo pero no hay nada que inditex no pueda ayudar a disimular, o en su defecto el nuevo filtro de los cojones de snapchat, o la amistad falsa, postiza y tan necesaria para seguir sobreviviendo como maniquíes en una ciudad que está toda cubierta de una finísima capa salubre que no sé, francamente, cómo hace el mar para escupir tan lejos que llegue a la 54 con 54 y al surisalcedo, y a siete bocas, y a todas partes.

anoche fue sábado de fiesta de la música, oscura y con sabor a mango y con un beat que reverberaba en cada esquina ‘ay-que-rica-y-triste-estoy’; cuánta basura se necesita para que una fiesta-ciudad sea legítima, cuántos charquitos penosos de vómito, cuántas águilas sin alas pero con malta, cuántos papelitos-cuarto, papelitos-medio, pepitas de la felicidad, calzones mojados por el sudor, hilitos que bajan despacito por la espalda y pican, como imitando la picada del mosquito barrigón de sangre, flojo como el hombre que ha chupado tanto la vida de otros que ya está listo para morir e irse al cementerio de mosquitos barrigones valeverga que no quieren volar.

anoche fue la noche de los emprendedores que salen a drogarse colectivamente y a seguir cagando ladrillos de prejuicios para armarse una fortaleza desde dónde resguardarse y seguir haciendo la guerra; anoche conocí barranquilla
como pocas veces,
porque no fui de aquí aunque todo me resultara familiar y dark, como tiene que ser cuando se vive cerca del mar y no importa cuánto brille el sol: al lado del mar las tristezas y la arrechera siempre son más;

anoche fue la noche de las propinas que se dan con miedo, la de todos los solteros que sueñan con encontrar una chica de novela que les robe el sueño y sea solamente para ellos – la de todos los ennoviados que desean hacérselo rico en lo oscurito conotro o conotra; la noche que por ser sencillamente noche, estará marcada en mi calendario como el día en que aprendí a hacer magia y me convertí en el gato de ninguna bruja;

debajo de los palos de mango y las calles del barrio el prado, en este espacio prestado de este mundo- no sé qué palabras dije o en qué orden hice las cosas, pero crucé el portal del entremundo y supe todas estas cosas en una conversación desprovista de lenguaje, o al menos de ese que yo siempre suelo usar, el de las palabras y la racionalidad.

supe que ese debió ser el umbral que también cruzó tantas veces andrés mirando desde su ventana, y no me preocupé por buscar dónde apuntar el misterio de los tres chicos iguales, ni el de la primera berbetrónika que no es igual a las demás, entre las personas adivina-cuál-es-diferente-de-nosotros, en esta barranquilla que desconozco pero que admito, si todo esto tengo por decir, será que me gusta; como me gustan las fiestas de la música porque me dan una paliza que en el fondo es rica, como saludar a alguien que te gusta, desde un puente, y que ese alguien esté abajo y los ojos se le vayan como manos debajo de la falda, trepando por encima de las rodillas y ya nunca más se vuelvan a ver.

a mis amigos los vi bailar en la sala encerrada que parecía más un baño turco; no todos ‘amigos’ porque a decir verdad, la mayoría adquirieron ese título por obra y gracia de la ley de la verbena, que no es otra que la ley del alcohol, el conformismo y el deseo de pertenecer a algo que siquiera pueda sonar genuino.

no crucé palabra con persona alguna porque los gatos son expertos en estar sin hablar; no invité a ninguno de los bollos, que bien me hubiera gustado acariciaran mi lomo, a una cerveza; no le cumplí la fantasía a ninguno de ellos, ni le resolví el misterio de mi procedencia a la novia del Astroboy, polvo de estrellas, chamán de ciénaga, chica que me miró toda la noche disimuladamente, desde su orilla de espinas, sin darse cuenta que la que miraba no era la pelada extraña, sino el animal.

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