sin nombre

lo malo de ser amable es exactamente igual a
lo inútil de ser más o menos bonita:
ambas cosas equivalen exactamente a ese mismo no saber estar
que en últimas parece ser lo único que sé hacer.

y como con la amabilidad y la belleza,
la paciencia y la virtud,

de la misma manera en que es inútil
resistirme al imperativo dominante de los tiempos que he venido a vivir,
ese ‘there is no alternative’
que me entra en forma de frío por los pies y me obliga a moverme
para llegar a la conclusión de que jamás entenderé bien en qué consiste estar sola
o por qué mi amor por la naturaleza me convierte en su vehículo,
porque no es ella, ni es el árbol, ni es el mar quienes padecen la enfermedad del hombre;
soy yo, soy yo la enferma
la que sirve para ser su obra,
la que está hecha para ella y no al revés,
de la misma manera en que estoy hecha para que el deseo me coja
y se apodere de mí, rotundo, viscoso e histérico,

el deseo que es el resultado
de todas las cosas que me enseñan desde el día uno
y que han servido para crear un molde hecho a la medida de esa gorda exquisita y morbosa que es la cultura, que me enseñó desde niña a agazaparme como un gatito para cazar a mi presa,
que me enseñó a beber de la fuente entre tus piernas,
y me ató usando los mismos millones de lazos que uso yo al envolver tu cabeza
con mis dedos, en el semicírculo entre mis manos,
mientras te saco el aire por la boca y te chupo los labios,
y me ahogo entre una cantidad de imágenes ajenas,
que son todo y que son tanto,
-la única virtud del hombre- y de todo lo que mis ojos se han robado.

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