los audífonos de verdad-verdad más bonitos del mundo

La música me encanta, la quiero todos los días, la pienso todos los días. Quiero bailar para ella aunque no sepa, quiero cantar para ella aunque esté ronca y fume y tenga que esforzarme. Quiero darme a ella a pesar de ser tan normal, a pesar de estar tan lejos de parecerme a ella. Si pinto, necesito la música. Si escribo, lo poco que escribo, lo tengo que escribir con música. Si me levanto, quiero música. Si no me quiero levantar, necesito entonces mucha más música. Si voy en el carro, quiero abrir las ventanas y que se salga por ellas, que serpentee en el viento corriendo a mi lado. Si estoy sola, quiero que llene todo el espacio, que se vuelva gaseosa y flote por encima de mi cabeza. Yo podría intentar aquí explicar cómo cada cosa de los días que vienen a mí, viene sólo para pedirme más música. Esta necesidad respira conmigo, come conmigo, descansa conmigo, se baña conmigo, y jamás se va de mí. Es tan grande, tan grande que ha habido momentos en los que he pensado que de tanta música me voy a enfermar. Pienso que me estoy enfermando cuando a veces cuando voy por ahí, como la gente que pasa, de repente las lágrimas se salen de mí sin pedirme permiso y la gente me mira en la fila de un cajero, o esperando que salga mi pedido, ven cómo saltan de mis ojos al suelo mis lágrimas pero no escuchan cómo hacen el mismo ruido seco de las cosas que no quiero ver y no ven que suenan como sonaría una enorme, una gigantesca placa de cemento si chocara con otra superficie igual de plana que ella. El ruido hay que imaginárselo, pero eso sí un ruido horroroso, un ruido como el que escucharía un astronauta flotando sin rumbo en el espacio, un ruido como el que hacen todas las cosas cuando es de día y no me quiero levantar. Por estas cosas tristes, principalmente, es que quiero tanto que no me falte la música.

Y de esas cosas tristes, hay días que paso a cosas libres y extrañas que también me preocupan como decidir que mi nuevo trabajo sea dedicarme todos los días a nada más que salir a la calle y parar a toda la gente que yo quiera para ponerles música. Me entusiasma la idea de salir a la calle y parar a esa señora, sentirme valiente como para mirarla a los ojos y acercarme sin pedirle permiso para poner en sus orejas los mejores audífonos del mundo, los más lindos. Me encanta imaginar qué música le pondría a cada persona. Imaginar, por ejemplo, qué consecuencias traería para mi vida y la vida de una señora que pasa, el que algo así ocurriera. Que no supiéramos nuestros nombres, ni tuviéramos que perdernos en las formalidades de este mundo. Que de pronto, con un poco de suerte, ese encuentro diera tanto de sí que la señora no pudiera aguantarse las ganas de ir a contárselo a alguien. Que de pronto, tal vez, un día esa señora se levantara también con las mismas ganas que yo de salir a la calle a parar otra gente que pasa y ponerles música.

Yo pienso en estas cosas todo el tiempo. Pienso que un día podría tener una casa que estuviera abierta todo el día y toda la noche, adonde pudiera llegar la gente que pasa, a dejarse mirar, a dejarse poner música con audífonos, con unos audífonos muy buenos y lindos. Qué pasaría con tanta gente reunida en una misma casa dejándose hacer cosas que el mundo juzgaría como muy extrañas, como muy inútiles, como muy ridículas.

Y claro, por supuesto que me daría susto que fueran groseros, que tiraran al suelo esos audífonos tan bonitos y los patearan, que tirarán al suelo esa música tan hermosa, que me empujaran con rabia por meterme en su camino a ponerles música, que mandaran a tumbar esa casa de locos, si es que con qué derecho, con qué derecho ha venido esta a poner música cuando hay tantas otras cosas, infinitamente más importantes, de las que ocuparse.

Estas cosas se me ocurren en serio, se me ocurren todo el tiempo, me persiguen estos deseos y vuelvo a las preguntas. Luego me doy cuenta que es muy difícil que esto suceda, es muy difícil que la gente que pasa quiera dejarse poner música, que la gente que pasa quiera dejarse tocar, que la gente que pasa quiera música, tanta, tan exageradamente, que la pongan por delante de las cosas infinitamente más importantes de las que hay que ocuparse. Y así me la paso todo el tiempo diciéndome estas cosas que suenan a la gente que pasa, pero también preguntándome si pronto será hora de salir a la calle a hacer todo esto.

Yo escucho música todo el día porque, cuando la música es buena para mí, lo que yo busco en ella me encuentra y me desea tanto como yo a ella, y entonces me siento más tranquila. Y cuando estoy así, tranquila de esa manera, algo en mí todavía se inclina a creer que es posible que un día yo salga a la calle como la gente pasa, y la música se plante frente a mí, y me mire a los ojos, y ponga en mis oídos los audífonos de verdad-verdad más bonitos del mundo, y yo escuche entonces, por primera vez.

 

conair_phone

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