Por señores como Antonio Caballero

Diseño sin título

La primera vez que supe de Antonio Caballero, por el año 1995, tenía yo unos 9 años. Acostumbraba devorar las revistas por suscripción que llegaban cada semana y que todavía hoy encuentro siempre que visito la casa de mi mamá. Además de servirme, conforme pasaba el tiempo, de primer acercamiento a las columnas de opinión del país, a veces las hacía picadillo tras una tarde de collage o un domingo de cartelera escolar improvisada. Pronto supe que uno siempre tenía más probabilidades de encontrar cualquier palabra difícil que necesitara para completar una oración de un trabajo en la revista Semana.

Pero no estoy escribiendo esto para demostrar lo geniales que son los niños, ni para explicar cómo se hacían las tareas cuando no había internet. Lo que realmente quisiera saber fue qué motivó exactamente la mejor y la más loca de las ideas que jamás me hayan venido a la cabeza leyendo esa revista. ¿Qué fue lo que leí o lo que, a fuerza de ver repetido sin fin en cada número, me llevó a imaginar que un día sería escritora? Ya no recuerdo bien si habrá sido al notar, cada vez que pasaba velozmente las hojas de los números que ojeaba, la escasa presencia de rostros de escritoras que, en vez de la amargura de la foto del señor Caballero, sonrieran seguras desde esas ventanitas destinadas a identificar a los periodistas. Siempre pensé que acompañar las columnas de opinión con las fotos de quienes escriben era una buena idea, una cosa justa:  permiten al lector hacerse con una impresión visual. No sabe uno cuán cierto es eso de que una imagen vale más que mil palabras hasta que ve la foto del señor Caballero.

En todo caso, por ese entonces poco sabía yo sobre las cosas que escriben los adultos en una revista política. Seguramente fue gracias a mi edad que tuve claro, siendo todavía una niña, que la principal revista de opinión de mi país nunca ha tenido mayor interés en las mujeres. Que esas mismas inequidades se pueden seguir comprobando hoy, cuando desafortunadamente ya no tengo el placer de ver crecer la pila de revistas, ni de escoger el orden en que me entero de las cosas como cuando no había internet. El mundo ha cambiado considerablemente desde 1995, eso queda claro… pero el señor Caballero parece no haber cambiado. Que yo escriba esto es prueba de ello.

Todo esto me ha quedado claro después de leer “Acoso”, el artículo más reciente que Semana ha decidido publicarle, veintidós años después, como acostumbra hacer juiciosamente. Durante ese tiempo el señor Caballero ha escrito mucho y yo he crecido tanto como el número de sus años de carrera, no sólo para atender este deseo de responder a tan penoso y grosero artículo, sino además para hacerle saber que la totalidad de su rabioso esfuerzo por deslegitimar las denuncias hechas por tantas mujeres en el mundo del espectáculo le ha merecido el más deleznable de los puestos en mi ranking personal del periodismo machista colombiano. Entre otras cosas, a modo de confesión, les cuento que yo tampoco he cambiado: con treinta años de edad, le sigo sacando más provecho a esta revista en una tarde de collage con mis amigas feministas que leyéndola.

Si bien entendí, lo que el señor Caballero argumenta en contra del reciente revuelo mediático ocasionado por esta avalancha de denuncias es que sea esta una forma peligrosa y novedosa de “banalizar y disculpar el verdadero abuso sexual”. Yo, al igual que él, considero fundamental no caer en ese grave error por lo que busco en su artículo alguna descripción de abuso sexual que me permita entender lo que piensa al respecto. Compruebo, en sendos ejemplos, que cosas como “tocar un culo” o “pellizcar una teta” no son más que una grosería, meras vulgaridades, que no abuso.

Caer en la vulgaridad, según él, es lo que sucede cuando un hombre poderoso manosea a una mujer sin su consentimiento. Solicitar un masaje o tratar de besar a una mujer a la fuerza, resuelve Caballero sin profundizar mucho en ello, son simples ejemplos de mala educación, de mal gusto. Desatinos, a secas. ¿Pero qué diferencia existe cuando entre el maleducado y la mujer hay una relación de poder previa? ¿Da igual quién te pida el masaje, te toque el culo o te agarre por el coño? Yo hubiera pensado que un tipo con tan buena educación, tan crítico y tan buen analista entendía perfectamente la diferencia entre dar el paso equivocado al querer seducir a alguien versus aprovecharse de una relación de poder, sea del tipo que sea. Para su suerte, han sido y serán muchas y muchos los que intenten, como yo, explicarle estas diferencias.

Estoy de acuerdo con Caballero: sí, no toda insinuación sexual es indecente o inaceptable. De ser así, llevaríamos todos y todas vidas muy tristes y aburridas. Pero entonces, ¿cuáles considera él inaceptables? Porque en mi opinión, aprovechar ser el jefe de alguien o quien decide qué actriz se lleva el papel protagónico, para salirse con la suya, es absolutamente inaceptable.

Pero, diría Caballero, ¿qué ocurre con estas mujeres que ahora inundan los medios con acusaciones? ¿Es que acaso no les enseñaron a decir ‘no’, a poner a los ‘maleducados’ en su sitio? Más que eso, señor Caballero, explíqueme usted ¿qué pasa con un mundo, este que usted y yo compartimos, en el que para salirse con la suya –es decir, ganarse un papel, un puesto de trabajo, un ascenso-, las mujeres tengan que bajarse los calzones o abrir bien la boca? Mejor aún, ¿ha pensado usted qué ocurre con aquellas mujeres que dicen ‘no’ y se revelan ante el maleducado? Sería fascinante poder conocer sus testimonios también. Saber qué suerte han corrido y si finalmente, lograron ellas también salirse con la suya. ¿Habrán tenido oportunidad de hacerlo?  Y de ser así, ¿qué tan probable es que tuvieran que verse en la misma situación una y otra vez? ¿Qué opina usted, señor Caballero?

Me consuela saber que al menos hay tantos niños y niñas en Colombia hoy que, como yo, siguen leyendo los contenidos de la siempre-sospechosamente-primera revista de opinión del país. Digo ‘me consuela’ con evidente y escandaloso sarcasmo. Preferiría que, en vez de leer las tonterías con las que uno de los más brillantes periodistas colombianos banaliza el acoso y descalifica las denuncias de tantas mujeres, decidieran ellos hacer como yo: muchos collages, mucho picadillo.

A las niñas les diría, en especial, que no sueñen –como yo- con hacer películas, ser actrices o escritoras. Tampoco productoras de cine, ni ministras, ni congresistas. Ni qué decir presidentas. A menos que estén dispuestas a dejarse tocar el culo y luego no hacer un escándalo al respecto.

El mejor momento en toda mi vida de mujer ha sido la infancia. Solo entonces fui tan libre como para soñar que escogía libremente, pero ese es un privilegio que se pierde con el tiempo y más rápidamente aún, cuando te salen tetas. Yo me di cuenta de esto, poco a poco, durante muchas de las memorables tardes de mi infancia -a las que regreso en busca de pistas para dar respuesta a los porqués del mundo-, al descubrir los rígidos y tristes personajes y moldes destinados a las mujeres en las películas, en la literatura, en la política… ¡en todo! Me di cuenta de esto y desde ese entonces me he esforzado siempre por mandar a los maleducados a la mierda. Nuevamente digo, que yo escriba esto es prueba de ello.

Ser actriz nunca fue una opción, como tampoco lo ha sido, ni lo será –ni en el más loco de mis sueños- ser presidenta. Esas son cosas en la lista de cosas imposibles cuando se es mujer y, además, colombiana. Todos tan obstáculos como el no poder dormir porque el mundo no ha cambiado tanto desde 1995 y no me es indiferente.

Quizás el señor Caballero estará de acuerdo en decir que no es por culpa de señores como Trump, o como esos “grandes productores de cine, periodistas, congresistas y ministros” que se creen con derecho a pedírselo a todas esas mujeres “quejosas” que el mundo no ha cambiado. Es más bien por culpa de nosotras, que somos incapaces de entender ese gesto gallardo y pícaro, mandato del instinto, con que los hombres nos alegran los días y nos hacen sentir tan valiosas, tan seguras y tan respetadas. O en su defecto, que somos demasiado tontas: es sabido que una mujer siempre puede decir ‘no’ y hacerse respetar, sin que eso redunde en perjuicios para ella.

O será, tal vez, que la culpa es de personas como el señor Caballero que, a pesar de defender y argumentar con tanta lucidez y atino sus posiciones durante muchas décadas, llegadas las oportunidades para argumentar con inteligencia y sensibilidad, además de hacer un guiño al feminismo, deciden desperdiciarlas de forma tonta e irresponsable.

Me queda soñar con que un día en un futuro no muy lejano, la que sea entonces la primera revista de opinión de este país, pueda servir para plantar ideas subversivas y valientes en las mentes y corazones de muchos niños y niñas, ideas tan fantásticas y revolucionarias, que no dejen a nadie indiferente. En especial a señores como Antonio Caballero.

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