Algo tan feo como un carnaval de señores bien.  

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Diciembre es, por excelencia, un mes bonito en Barranquilla. Digo bonito porque las brisas, además de aliviar el excesivo calor que la caracteriza, son también señal inequívoca de que se acercan los cuatros días más esperados del año, los de la celebración de su fiesta por excelencia: el Carnaval. ¿Pero qué ocurriría en Barranquilla si las brisas dejaran de visitarnos? Creo que esto es algo que todos hemos temido alguna vez, o muchas, en especial durante los meses más duros, cuando incontables veces al día alzamos el rostro al cielo para ver y escuchar el vaivén musical de la brisa en las hojas de los palos de mango. Sin embargo, creo que si algo así ocurriera entre los meses de noviembre y febrero, al fin y al cabo no sería tan grave. Al menos no lo sería para la gran mayoría. ¿Por qué? Porque además de estar ya acostumbrados a que el clima aquí sea inclemente todo el año, si por “capricho” de la naturaleza las brisas se pusieran de acuerdo en algo así, estoy segura de que los preparativos de los desfiles, la preparación de los disfraces y las prácticas de las comparsas nos servirían de consuelo y distracción. Lo que no podría pasar inadvertido jamás sería, por ejemplo, un año sin carnaval.

Pero, más que intentar descifrar qué desataría un verdadero apocalipsis barranquillero, escribo esto para llamar la atención –quizás en la peor época para este fin-, sobre un hecho que al menos a mí no me deja indiferente: como cada año por estas fechas, gestores y organizadores nos hacen entrega de la que será la agenda cultural de la ciudad durante los próximos meses. Como es costumbre desde hace ya más de una década, el año arranca con la “fiesta de la reflexión”, más conocida por todos como el Carnaval de las Artes. Este evento, “inmensa fábrica de sueños”, como describe en un comunicado de prensa la Fundación La Cueva, entidad organizadora, “sirve como válvula de escape de una realidad formateada, codificada y empacada al vacío”. Durante cuatro días, Barranquilla encuentra “una pequeña ventana por la cual asomarse al resto del mundo”.

Ante promesas así, uno tendría muchas razones para alegrarse. Barranquilla es una ciudad que, a pesar de todos sus talentos y esfuerzos, sigue necesitando aún muchos más espacios que inviten a la reflexión y más que espacios, gente que quiera reflexionar, pero no para “exponer sus expresiones como piezas de museo,” sino para transgredir, “para dar rienda suelta a su grito liberador de pesadas cotidianidades”. Porque si no fuera para eso, entonces no podría llamarse ‘fiesta de la reflexión’, ni prometer tanto.

Con mucha molestia y profunda tristeza comprobé ayer que, a pesar de las buenas intenciones de sus organizadores, -a los que presumo todos hombres en efecto “al servicio de la risa, del pensamiento y de la espontaneidad” como su Carnaval-, todavía la más pesada de todas las cotidianidades se cuela y se apodera un año más de un espacio pensado para hacer la diferencia. Para explicarlo, no me valdré de las palabras, sino de los números.

El día de ayer pude contar, después de consultar varios artículos publicados en distintos medios de la ciudad, aproximadamente unos 40 nombres en la extensa lista compuesta por escritores, periodistas, artistas, músicos, cineastas, ilustradores, comediantes, poetas y entrevistadores. De esos 40 nombres, TREINTA Y CUATRO corresponden a hombres. Apenas SEIS corresponden a mujeres. Estoy segura de que, a pesar de haber sido rigurosa y de haber contado una y otra vez, es muy probable que se me haya escapado alguno. Pero, sinceramente, dudo mucho que una vez que se conozca la lista completa de invitados y entrevistadores, la balanza se equilibre. De ser así, la reflexión tendría que extenderse al menos cuatro días más pues no habría tiempo para tanto. Imagínense ustedes traer a tanta gente. Seguramente haya una lista sorpresa, una donde podamos encontrar los nombres de esas mujeres a las que jamás invitaron a participar. Quizá todo sea parte de un plan que tienen estos sagaces señores para hacernos una broma muy pesada. Todo muy a tono con “el ánimo de transgresión” que caracteriza a este importante evento y con “el germen de la mamadera de gallo” con que ellos mismos describen su Carnaval.

Debe ser que en mi espíritu no está inoculado el germen del desparpajo, ni el del carnaval y por eso no puedo simplemente ignorar el hecho de que una vez más, como cada año, la más pesada de las cotidianidades, la de la desigualdad de género –de la que uno esperaría una verdadera fiesta de la reflexión nos librase- se haya salido con la suya.

Pero, ¿a quién podría importarle algo así? ¿Es que las brisas me han vuelto loca?… Juzguen ustedes. Al menos me da la cordura para saber que si en algo estaría de acuerdo conmigo Marvel Moreno sería en sentirse muy triste al saber que Barranquilla sigue siendo el escenario perfecto para algo tan feo como un carnaval de señores bien.

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