La música de las emociones

De todas las emociones, sobre cuyo origen me hago siempre muchas preguntas, la más peligrosa de todas es la frustración. Piense en todas las veces que ha sentido verdadera y auténtica frustración. Por ejemplo, cuando estando en el carro, en el carril que le corresponde, usted ve al barbachán de turno irrespetar la fila y pasarse cuantos carros sea necesario, incluido el suyo, para llegar más rápido cuando los demás esperan pacientes. ¿Quién no se sentiría frustrado? ¿Quién no sentiría rabia ante tal situación? ¿Quién no soltaría un insulto con los vidrios arriba, o tal vez, abajo?

La frustración desencadena reacciones inmediatas, muchas de ellas, físicas. Otras, verbales. Lo que puedo afirmar es que nadie queda indiferente ante este sentimiento. Tenga usted un carácter explosivo o no, estoy segura de que, ante situaciones similares, usted al menos ha dicho una mala palabra o ha apretado los dientes o ha dejado escapar un suspiro. Y claro, como se trata de una emoción con la que nos vamos a encontrar frecuentemente, desde pequeños, se espera que nos enseñen a “manejar la frustración”, “lidiar con ella”. Digo se espera porque, como todos sabemos, hay personas que parecieran tener más control sobre esta emoción que otras. Puede ser. Me inclino más a pensar que simplemente creemos –y está bien creerlo, es sano-, que tenemos control sobre ellas. Cada día confirmo que esa ilusión de control es necesaria para vivir en sociedad, pero en últimas no es más que eso: una ilusión.

Pero no lo digo con tono derrotista. No toda ilusión es mala, no si nos ayuda a mantener vivas otras ilusiones que son a su vez necesarias para hacernos la vida un poco más fácil a todos. Al fin y al cabo, siendo animales de poder, es apenas lógico que tengamos que alimentarnos de buena parte de ilusiones. En nuestra vida, muchas serán las veces que logremos salirnos con la nuestra, pero quizás las más, no.

Ahora voy a poner otro ejemplo. Imagine que usted tiene mucha hambre y ha decidido llegar lo más rápido posible al único lugar donde podrá conseguir comida. El sitio cierra a las nueve y son las ocho y cuarenta y cinco. Si lograra llegar a tiempo, alcanzaría a pedir algo y el restaurante estaría en la obligación de atenderlo. ¿Cómo funciona el poder ahí? ¿Cuál es el suyo y cuál el de la persona que atiende ese restaurante? Para ambos, el único poder es una norma establecida y aceptada –al menos en teoría- por todos. Para usted es llegar antes de las nueve. Para la persona que atiende, es un poco más complicado. Imagine que usted llega faltando dos minutos para el cierre. La puerta está cerrada pero las luces aún están encendidas. ¿Qué haría? Tómese el tiempo de pensar qué haría. Acaba usted de entrar en conflicto con otra persona.

¿Pero a qué voy con todo esto? Si ya todos sabemos que las relaciones humanas están mediadas por el poder y el conflicto… Cualquiera de ellas. Hay relaciones de poder entre usted y su madre, entre usted y sus amigos, entre usted y su pareja. Las hay también dentro de usted mismo, todo el tiempo. Vivimos en conflicto y siempre ha sido así. No porque seamos buenos o malos, civilizados o no. Vivimos en conflicto porque las relaciones de poder están ahí. Vivimos en conflicto porque cada quien quiere salirse con la suya y cuando digo ‘salirse con la suya’, ¿no siente que decirlo es ya de por sí conflictivo? ¿Cómo va a ser posible que mi dulce abuelita que no mata una mosca quiera salirse con la suya? ¿Cómo va a ser posible que ese hermoso bebé sonriente, que apenas habla, quiera salirse con la suya? No, no. Trump quiere salirse con la suya. Maduro quiere salirse con la suya. ¡Esos sí que quieren eso a toda cosa! Tendemos a imaginar que las personas que quieren salirse con la suya son las que debemos evitar. Los políticos, los primeros. Oh con qué facilidad nos engaña la ilusión, una y otra vez. La diferencia entre usted y Trump es la cantidad de poder que cada uno tiene. ¿Por qué uno de los dos es más poderoso? ¿Cómo se hacen las personas con el poder? ¿Cuáles son esos ‘instrumentos de poder’ de los que generalmente hablamos?

Todos, seamos hombres o mujeres, adultos o niños, jóvenes o viejos, dulces o sarcásticos…queremos lo mismo. Pero es cierto también que además de salirnos con la nuestra, hay otras cosas que nos motivan. Hay ocasiones en las que estamos dispuestos a ceder, a renunciar a ese querer salirnos con la nuestra. De lo contrario, de creer que no hay excepciones, quien escribe vería el mundo con ojos muy amargos. ¿Acaso no hay momentos en los que el corazón está más feliz, mucho más feliz, cuando es esa persona que queremos la que se sale con la suya? Piense en todas las veces que algo dentro de usted sonrió o se conmovió al ver a un niño salirse con la suya. Piense en lo feliz que se sintió al saber que su mejor amigo consiguió un buen trabajo, o cuando su mamá decidió estudiar filosofía después de haber trabajado toda su vida y sacó mejores notas que usted.

Pero escribo esto porque quiero salirme con la mía: quiero entender qué hay detrás y a los lados, por debajo y por arriba, de todo este conflicto, este eterno conflicto de poder, entre hombres y mujeres. Un conflicto que, tome la toma que forme, es el mismo, repetido una y otra vez. Quiero entenderlo, lo admito, porque quiero salirme con la mía. Pero también quiero entenderlo porque estoy convencida de que mi única y su única (la de ellos) satisfacción NO puede ser precisamente esa: salirse con la suya. Mi única satisfacción NO puede ser el poder por el poder. Tampoco puede ser la única satisfacción de ellos. Al fin y al cabo, tan humanos y tan animales como somos, amamos.

Pocas veces he sentido yo tanta rabia como hoy. Lo que haya sucedido poco importa. He sentido rabia una vez más a causa de las ya mencionadas relaciones de poder que me asfixian. Y me asfixian porque estoy cansada de verlas aquí y allá, sin ser tenidas en cuenta, sin ser si quiera analizadas. Se nos llena la boca señalando los abusos de poder que vemos a diario, pero no tenemos tiempo para pensar en la forma en que nosotros mismos abusamos. Por ejemplo, la opinión misma que tenemos sobre la rabia y todas las ideas y convenciones sociales que hemos construido entorno a las emociones. Para explicarlo, me serviré de más preguntas. Siempre más preguntas. ¿Ve usted con más frecuencia perder el control de sus emociones a mujeres o a hombres? ¿Ve usted con más frecuencia enloquecer a hombres o mujeres?

Si sospecha de mis preguntas, ¡muy bien! ¿Los hombres pierden el control? ¿las mujeres enloquecen? Lea las preguntas en voz alta. ¿Hay algo sospechoso en ellas? El lenguaje es sospechoso. Yo he visto a ambos, hombres y mujeres, perder el control. Enloquecerse es ya algo distinto. Incluso ese reflexivo ya es de por sí inquietante. Podemos concluir, entonces, que el lenguaje es un instrumento de poder, entre otras cosas. ¿Será por eso que los niños no hablan al nacer? ¿Será por eso que los animales no hablan? ¿Será por eso que a un loco lo distinguen cuando habla?

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Toda mi vida he sentido fascinación por las palabras. Desde muy pequeña me he dedicado a ellas con devoción. Las he querido aprender en varios idiomas, me he querido hacer con ellas, recordarlas y tenerlas cerca. De todos mis poderes, es sin duda el más importante. Creo que sin darme cuenta esto lo supe y quizá por ello dediqué tanto tiempo y atención a escuchar a los demás hablar, a intentar explicar qué hay detrás de que las personas escojan unas u otras.

A veces me critican porque para muchos llega a ser obsesivo. Hay personas que no sienten lo mismo que yo por ellas y eso no lo voy a criticar. Lo que me sorprende es que muchas veces, casi siempre, ignoren lo increíblemente poderosas que son y las conviertan en simples monedas de cambio. No lo son: con ellas puedo lograr cosas como capturar su atención, por ejemplo, y también perderla. Es por ellas que existe un mundo para mí y que puedo construir puentes para cruzar al suyo. Las palabras, o mejor diré, el lenguaje –y no me interesa entrar en precisiones, ni pretender dar cátedra sobre eso- desencadenan emociones, crean y resuelven conflictos. Me gusta pensar que las palabras son la única distancia y a la vez el único camino entre dos personas.

Y sobre las palabras hay también una cantidad de mitos y leyendas: que las mujeres son más dadas a ellas, más comunicativas que los hombres. Que los niños, los borrachos y los locos dicen la verdad, y la verdad está estrechamente relacionada con las palabras, ¿o no? Que hay palabras como puñales y otras son bálsamo para el espíritu.

Y a fin de cuentas, están hechas de mi sustancia favorita: las palabras son sonido, son música. Sí, es cierto, tienen una forma, una grafía. Pero antes que eso, siempre en su origen, son música. En algún momento fueron gritos, gemidos y ruidos que con el paso del tiempo se fueron consolidando como unidades significantes de algo. En algún momento, fueron el fruto sonoro de una emoción: susto, temor, peligro, placer…

Con el tiempo y el azar se convirtieron en monedas, nos dotaron de poder. A las palabras debemos el poder que hoy tenemos y es por eso que con ellas mismas se crean y se resuelven conflictos. Con ellas jugamos a crear conocimiento y con ese conocimiento jugamos a las relaciones de poder. A las mujeres y a los hombres que las aman les diría que no desistan en encontrar caminos para devolverles tantos favores. A los que piensan que basta con hablar un solo idioma, les diría que tendrá que bastarles hacerse entender en uno solo. A los que acosan con ellas en la calle y las usan para atemorizar a los otros, les recordaría cuántas veces han sido ellos quienes han sentido pánico al escucharlas salir de las bocas de sus verdugos. A los que piensan que la poesía es pura mierda les recordaría cada vez que ellos mismos han sido poesía en boca de otros.

A todos los que a diario acuden a ellas para intentar resolver grandes conflictos como el totalitarismo, la tiranía, la violencia de género y otros tantos, tantísimos abusos, gracias. Aunque casi no lo digan, hay en cada línea y cada punto, en cada coma y en cada discurso, un hilo azul y plateado que nos lleva de vuelta al origen más perfecto y hermoso de todos: la música…

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